Último día en Nepal pero seguiremos trabajando

Hola a todos,

La mañana del 30 fue algo menos locura de lo que venía siendo habitual. Al fin y al cabo era el último día y el proyecto de cierre estaba más o menos decidido. Con la entrada tardía de las últimas donaciones y nuestro empeño en sacar el máximo a cada euro, ya habíamos estado planeando hacer un último proyecto antes de marcharnos.

Se barajaron dos opciones hasta el último momento, o bien intentábamos ayudar al pueblo de Suresh, aquel en las montañas al que acompañamos a Carlos y Anish a grabar y que había quedado completamente destruido, o bien lo destinábamos a una residencia de ancianos medio derruida tras el terremoto.

Fueron varias las razones que nos impulsaron a la segunda opción. La primera que la aldea de Suresh lo que más necesitaba era refugio, y dudábamos de que en los mayoristas de metales hubiese del tipo de paneles que necesitábamos. Estos mayoristas cada día reciben algo de material desde La India, pero ya tienes que confiar en que llegue lo que necesitas y en que no se te adelante nadie.

Otra razón era que, según las creencias budistas en Nepal, es buen Karma ayudar a los mayores, así que resultaba apropiado hacer algo enfocado a ellos antes de marchar. Por último, tras ir al hogar de ancianos concreto, simplemente vimos que necesitaban nuestra ayuda.

Tras el terremoto una sección entera estaba destruida, lo que hacía que tuviesen que vivir hacinados en los pasillos. Como muchos grupos desprotegidos nepalís, la escasez que están sufriendo en el tema alimentos desde el terremoto es notable. Hay menos productos en el mercado, lo que hace que los precios suban, y la capacidad del centro de alimentar a los ancianos disminuye.

Hicimos una visita al centro en la que hablamos con el director del mismo. En verdad, decir “director” puede confundir lo que fue la realidad de esa reunión. Recorrimos el centro hasta que entramos en una caseta destartalada, con dos sillas a medio romper, donde un señor desaliñado que se identificó como el director del centro nos dijo que si queríamos donar algo de comida muy bien. La impresión fue de que quería quitársenos de encima y que le molestaba mucho tener que tratar con nosotros. Sorprende teniendo en cuenta que queríamos ayudar a su centro y los ancianos a los que se supone que cuida.

Intentando olvidar las muestras de dejadez, fuimos a una tienda no muy lejos para comprar 300 kg de arroz y 31 kg de lentejas. El envío fue lento, ya que lo realizaron dos empleados a pie, que dejaron las bolsas en la puerta del recinto para que nosotros las llevásemos dentro. Nos cargamos un saco al hombro y nos dispusimos para hacer 4 viajes desde la entrada a la cocina, cada viaje con 30 kg al hombro.

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Y fue en esos viajes donde nos dimos cuenta realmente de lo necesaria que era la ayuda. Habíamos visto que estaban hacinados, que las condiciones higiénicas eran nulas, pero justo coincidió el momento de meter los sacos con la hora de la comida. Vimos como un empleado pasaba con un cubo y un cucharón e iba poniendo un cazo de arroz aguado a cada anciano, que sostenía con las manos un platillo de las dimensiones de un pequeño cuenco. Se veía que junto al arroz les habían dado 4 o 5 judías verdes a cada uno. Y mientras recibían su cazo de arroz aguado nos miraban con curiosidad, ya que no era normal ver a desconocidos con grandes sacos de arroz y lentejas pasar por delante de ellos.

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Una mujer en concreto nos marcó, ya que primero Jaime se la cruzó cuando llevaba un saco, mientras ella con curiosidad caminaba lentamente hacia la entrada del hogar. Una vez ahí vio a Manuka y a Natalia junto a los sacos. En ese momento preguntó en nepalí si éramos nosotros los que habíamos llevado esa comida. Cuando Manuka tradujo y contestó que sí dijo que lo agradecía de corazón, esbozando una cálida sonrisa.

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Esperamos que ese momento os conmueva tanto como lo hizo a nosotros. A menudo también en España se olvida a los mayores, pero la situación de desamparo que presenciamos va más allá del olvido para entrar en el total abandono. Pues bien, por un día no estuvieron abandonados, y os lo agradecieron.

Marchamos del lugar con mucha paz interior, ya que a partir de ese momento oficialmente se acababa la ayuda que prestábamos de forma directa en Nepal. Vuestra ayuda ha llegado a pequeños y mayores, a la ciudad y a pequeñas aldeas remotas. Todos juntos hemos hecho lo posible, y cada vez que hemos hecho algo la gente de allí nos lo ha agradecido.

Desde ahí partimos a despedirnos al orfanato de Dapashi, con los que después de colaborar para organizar dos envíos de alimentos y refugios a pueblos hemos desarrollado una relación muy estrecha. Al llegar nos recibieron con grandes sonrisas y una sorpresa.

Nos entregaron una carta en inglés agradeciendo todo lo que habíamos hecho. Se nota que trabajaron juntos para escribirla, ya que el inglés de los niños no es muy fluido y el de los adultos directamente inexistente. Aun así lograron redactar una carta que nos emocionó.

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Pero la sorpresa no acabó ahí, nos regalaron dos camisetas que en nepalí dicen lo siguiente:

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“Aunque hayan caído nuestros templos, nuestra fe permanece.
Aunque hayan caído nuestros palacios, nuestra historia permanece.

Aunque hayan caído nuestros hogares, nuestros corazones resisten.

Nepal volverá a levantarse. Volveremos a levantar Nepal”

Al escuchar la traducción sentimos con total convencimiento que era cierto, que aun con todo el sufrimiento padecido, su fe, su historia y sus corazones resisten, y que Nepal volverá a levantarse. Desde luego ya ha empezado, y todos juntos hemos aportado nuestro granito de arena.

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Nos despedimos bajo promesas de volver a vernos y nos fuimos a preparar maletas y demás de cara al viaje. Anish se ofreció a llevarnos al aeropuerto a la mañana siguiente, aunque insistimos en que no lo hiciera porque debíamos salir a las 5:30 de la mañana no aceptó un no por respuesta.

A última hora de la noche Sabin y Manuka pasaron a despedirse. Después de dos semanas en las que hemos sido casi inseparables y en las que nos han ayudado tanto para poder llegar a la gente, era necesaria una despedida. Fueron escasos momentos en los que comentamos todo lo conseguido, los agradecimientos mutuos (nosotros por su ayuda, ellos por la ayuda de todos nosotros a su país en un momento tan crucial), y nos dieron otro pequeño regalo de despedida: dos pulseras nepalís.

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A la mañana siguiente nos encontramos con Anish a las 5:30 clavadas y salimos para el aeropuerto. Aunque ya había amanecido las calles estaban bastante vacías, así que llegamos en poco rato. Antes de pasar el control de pasaportes quiso obsequiarnos con el tradicional regalo para los que marchan. Se trata de que la persona que se queda te cuelga un pañuelo del cuello, simbolizando que tengas un buen y seguro viaje. Nos abrazó mientras nos decía que la gente de aquí no olvidaría a la gente que no se olvidó de ellos en los momentos más duros.

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No os habéis conocido, visto vuestras caras en persona o hablado, pero mucha gente no os olvidará. Y es mucha, ya que vuestras donaciones han llegado para dos orfanatos de más de veinte niños cada uno, una aldea de 75 familias (en la que ampliamos la ayuda en comida a otras 45 familias de aldeas vecinas), otra aldea de más de 25 familias, la construcción de una escuela temporal para unos 150-200 niños que de otra manera tendrían que esperar más de un año para continuar sus estudios, una comunidad de intocables de 8 familias y un hogar de ancianos de aproximadamente 200 personas. Casi 3.500 kg de arroz, casi 100 kg de lentejas, además de sal, aceite y noodles, refugios para casi 100 familias, filtros de agua para varias comunidades etc.

Queda un último post con las conclusiones de lo que ha sido esto, el viaje ha llegado a su fin, pero la ayuda continúa. Os lo contamos en cuanto podamos porque estamos escribiendo estas líneas desde el aeropuerto de Estambul.

Un fuerte abrazo.

Refugios para “intocables”

Hola a todos,

Después del día de ayer, donde logramos montar en tiempo récord un proyecto de envío de alimentos a un pueblo necesitado, pensábamos que el viernes sería un día más tranquilo. Pero, como empieza a ser costumbre, volvimos a no parar en todo el día.

Según salimos para encontrarnos con Sabin y Manuka nos cruzamos con Ravi. Ravi es un montañero malayo (entre otros hitos, ha subido dos veces el Everest) que conocimos a través de Carlos, aunque cuando nos lo presentaron fueron apenas 10 minutos, ya que salía con un grupo de médicos a recorrer las montañas durante varios días para atender a la gente de las aldeas.

Le saludamos, nos estuvimos poniendo al día y nos propuso otro proyecto para más adelante. Si por nosotros fuera nos apuntaríamos a ese y a los que surjan, pero sospechamos que nuestros compañeros de Repsol están un poco hartos de cubrirnos. Aun así, nos hicimos una foto, intercambiamos correos electrónicos y quedamos en seguir hablando para futuros proyectos en Nepal.

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Con Ravi (de rojo) y su compañero

 

Ya de camino, repasando los fondos que quedaban vimos que aún quedaba algo, y llevábamos un tiempo queriendo montar un proyecto algo distinto de lo que habíamos hecho hasta ahora pero similar en cuanto a que es apoyar a colectivos especialmente desfavorecidos.

Fue así como nos interesamos por una comunidad de intocables en un barrio de las afueras de Katmandú.

Aunque parezca sorprendente, el haber nacido en una casta u otra sigue teniendo importantes repercusiones dentro de la sociedad nepalí. Y tras el terremoto eso acaba concretándose en que la casta más baja es el último de la cola a la hora de recibir ayudas oficiales. Si éstas ya son escasas y llegan tarde, si además eres el último, la realidad es que no llegarán aunque estés en el mismo centro de Katmandú.

Nuestro objetivo al venir era tanto llegar a los lugares donde la ayuda oficial no estaba llegando como a colectivos especialmente desprotegidos. Y asociábamos esos lugares a emplazamientos remotos, con accesos complicados, o colectivos que no pueden valerse por si mismos, como los orfanatos. Hasta que no llegamos y vimos la realidad de esta otra situación no nos dimos cuenta que “llegar a donde la ayuda oficial no estaba llegando” describía perfectamente apoyar a una comunidad de “intocables”.

A través de un conocido nos llegó la situación de una comunidad de 8 casas de familias intocables que habían sido muy afectadas. Al ver la situación en la que se encontraban, así como sus perspectivas de futuro, nos decidimos rápidamente a actuar en lo que se refiere al ámbito del refugio. Este proyecto tenía una diferencia que nos alegraba mucho, al ser un núcleo más reducido, podíamos aspirar a que los refugios fueran hechos con paneles metálicos en lugar de simplemente lonas.

Como podéis imaginar, las lonas son algo más económicas, y su transporte es mucho más sencillo. Por eso si se trata de un núcleo de población grande muy alejado de la ciudad hay que optar por lonas, pero si es un grupo más pequeño y menos lejos los paneles metálicos son una buena opción. Sobre todo porque su durabilidad es mayor, y si pueden aprovechar la parte medio derruida de donde estaban las viviendas se pueden construir refugios sólidos.

Nos juntamos los cuatro de siempre: Sabin, Manuka y nosotros dos, y fuimos a un taller de paneles y otros productos metálicos. Fue una tarea complicada porque ahora mismo hay mucha demanda de este tipo de paneles, y según llega el producto por la mañana los vendedores le dan salida a todo el stock antes del mediodía. Por suerte ir con gente local nos permitió preguntar y seleccionar paneles que se adecuaban al uso que les íbamos a dar, negociar un precio razonable, y gestionar dentro de ese precio el transporte a la zona donde debíamos llevarlos. Eso sí, tuvimos que esperar más de una hora a que descargaran los paneles que necesitábamos del camión que había llegado esa mañana (justo los que queríamos estaban abajo del todo). Finalmente llegaron y en total nos llevamos 56 paneles metálicos, 3 kg de clavos y 2 kg de alambre que, con la madera de bambú recolectada por las 8 familias y materiales de sus casas derrumbadas serían suficientes para la construcción de refugios estables.

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El viaje lo hicimos en la camioneta que llevaba los paneles, atravesando primero Katmandú y luego zonas de las afueras sin carreteras que hacía que no pudiésemos ir a más de 20 kilómetros por hora. Resumiendo, fue hora y media de botes y zarandeos continuos.

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Al llegar a nuestro destino la gente nos mostró muchísimo agradecimiento y nos enseñó el papel en el que habían diseñado el reparto. A pesar de que la división lógica era un bloque de paneles (8 paneles por bloque) por familia, entre ellos habían identificado a aquellos que podían utilizar más materiales de sus antiguas casas y por lo tanto podían ceder alguno de sus paneles a otra familia. También se tuvieron en cuenta factores como el número de personas por familia, sus edades… Así que al final el reparto pudo no ser equitativo, pero desde luego fue justo y todos lo percibieron como tal.

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Ayudamos a transportar los paneles desde la camioneta hasta donde construirían sus refugios y en esto coincidimos con un grupo de voluntarios que estaban en toda esa zona construyendo sanitarios para la gente. Nos explicaron que el tema de las enfermedades por falta de higiene ya era un problema y tenía visos de seguir siéndolo en el futuro próximo, así que se dedicaban a proveer de aseos seguros a distintas comunidades.

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Charlamos un rato con la gente de allí, nos enseñaron el estado de sus casas, las tiendas donde dormían, jugamos con los niños y vimos cómo se empezaba a trabajar en los refugios. Finalmente nos tuvimos que marchar ya que el conductor de la camioneta no estaba dispuesto a esperar más tiempo y teníamos que volver con él.

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Tras dejarnos en Katmandú, Sabin y Manuka insistieron en que debíamos cenar con ellos en su hogar, así que accedimos con mucho gusto y fuimos camino a la casa familiar. Aquí sigue siendo costumbre que la esposa se mude a la casa familiar del marido, por lo que en esa casa, además de los padres de Sabin, también vivía uno de sus hermanos.

Pasamos la noche hablando de una y mil cosas, aprendiendo de la cultura nepalí y de las familias de nuestros amigos, mientras cenábamos arroz con verduras y lentejas. Nos ofrecieron cocinar pasta o lo que nos gustase, pero insistimos en que comeríamos lo que ellos cenarían en una ocasión normal. Lo cierto es que la cena fue deliciosa.

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El sábado es el último día aquí y aun nos gustaría organizar un último proyecto de ayuda antes de marchar. Algo a una escala similar, manejable y que podamos completar a lo largo de un día. Ya en la cena estuvimos discutiendo mucho sobre distintas opciones, aunque lo cierto es que con el tiempo que queda logísticamente es complicado. Nos vemos en este “aprieto” al haber seguido recibiendo donaciones hasta ahora, así que muchísimas gracias, porque (aunque nos quitéis horas de sueño) lo cierto es que aquí hay mil y un sitios adonde destinar vuestras aportaciones.

Un fuerte abrazo.

El día después y un nuevo proyecto

Hola a todos,

A mitad del viaje asumimos que, tras el día en Thansing, buscaríamos formas de ayudar en Nepal que no supusiesen un coste económico. Era nuestra idea porque los paquetes para cada familia en Thansing se hicieron teniendo en cuenta el dinero del que disponíamos.

Cual fue nuestra sorpresa al ver que desde el lunes empezaron a entrar otras donaciones. En ese momento nos pusimos rápidamente manos a la obra: ver cuánto sumaban las nuevas donaciones, cuanto tiempo teníamos para organizar algo, quien nos podía ayudar a encontrar algún otro lugar clave necesitado de ayuda. Como dijimos, todos los donativos que recibamos (se reciban antes o después) van a destinarse a ayudar a Nepal, y uno de nuestros principales objetivos era dar ayuda directa en focos donde se necesitase especialmente para sacar el máximo partido a los fondos disponibles.

Pero lo primero que queríamos hacer el miércoles era pasar por el centro de salud Ayurveda que nos atendió tras nuestro accidente. Queríamos darles las gracias tanto a Mark, que fue quien nos encontró y nos guió hasta el centro, como al doctor Rishi, que fue quien nos atendió de nuestras heridas.

En la recepción preguntamos por los dos pero nos comentaron que solo estaba Mark, así que le llamarían. Apareció y pudimos conversar 20 minutos con él. Es un canadiense que se ha tomado 4 meses de descanso del trabajo y aprovecha para viajar y hacer un tratamiento en esta clínica dedicada a un tipo de medicina alternativa asiática. Nos contó su experiencia, nos preguntó por lo que hacíamos aquí, y en general charlamos sobre las coincidencias de que se cruzasen nuestros caminos de esa forma.

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Con Mark en la puerta de la clínica

En ese rato apareció el doctor Rishi con su socio en la clínica, así que pudimos darle las gracias en persona y además conversar un rato. Como casi todos los nepalís que conocemos en una situación de relativa comodidad, él y su socio también están coordinando y destinando ayuda a otros lugares menos favorecidos.

Tras la charla en grupo, nos disculpamos porque nos estaban esperando en el orfanato de Dapashi, para reunirnos con la “madre”, Sabin y Manuka. Ya les habíamos adelantado que disponíamos de algunos fondos de ayuda no previstos y que estábamos buscando lugares en situaciones similares a las de Thansing. Por motivos de presupuesto y de logística (no quedan suficientes días como para hacer seguimiento de refugios o reconstrucciones), les dijimos que la ayuda se centraría en comida y nos dijeron que hablarían con alguien de una aldea donde el marido de la “madre”, al que llaman “uncle” conocía a alguien y donde la ayuda recibida había sido inexistente. Lo cierto es que para poder ayudar de forma efectiva aquí necesitas contactos locales, ya que de lo contrario puedes acabar duplicando ayuda o llevando materiales innecesarios a lugares con necesidades concretas.

Entre planes para el envío de alimentos a otro pueblo y jugar con los niños se nos pasó la mañana, y habría sido más de no haber decidido de antemano que la tarde la pasaríamos en el otro orfanato, en Om Sai. Aun teníamos 3 lonas que nos pidieron y necesitaban (siguen viviendo en tiendas hasta que algún ingeniero del gobierno dé el visto bueno a la integridad del orfanato), y además nos apetecía mucho ver a los enanos.

Llegamos a eso de las cuatro y como siempre nos recibieron con alegría. En este segundo orfanato los niños son más alborotadores pero igual de buenos. Después de darles las lonas y de ayudarles a reparar su tienda, nos quedamos en el descampado donde la han montado jugando con los niños. Estos hablan un poco más de inglés, así que la comunicación con ellos es más fácil y es posible buscar distintos juegos. Fue una tarde muy agradable, nos reímos mucho con sus ocurrencias (nos decían que éramos muy altos y pálidos), y en un momento dado Sabin apareció con unas bebidas que básicamente son agua con azúcar pero les encanta.

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Con mucha pena nos despedimos, había cansancio acumulado y ya habíamos acordado que al día siguiente nos encontraríamos por la mañana para recoger rápidamente los alimentos y llevarlos a la aldea de Okharpawa.

Tras levantarnos nos plantamos en el barrio de Dapashi a eso de las 10, pero cuando llegamos ya estaba el matrimonio que lleva el orfanato y Sabin y Manuka esperándonos. Fuimos a la tienda donde ya habíamos reservado lo que necesitaríamos y empezamos a cargar la camioneta que contratamos con los alimentos. En esta ocasión llevamos:

  • 750 kg de arroz
  • 25kg de lentejas
  • 25 litros de aceite
  • 25 paquetes de sal
  • 60 paquetes de noodles

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En esta ocasión había más variedad porque, aunque también es una aldea sobre todo de agricultores, por el tipo de cultivo tenían más difícil encontrar verduras que mezclar con el arroz para las próximas semanas.

Ya que alguno ha preguntado, la sal la incluimos siempre en estos paquetes porque en Nepal la comida es muy especiada, y con lo poco que cuesta (20 rupias, 14 céntimos de euro el paquete), nos parece que lo agradecen mucho.

Debido a la cantidad de arroz que queríamos llevar, tuvimos que recogerlo en otro almacén, así que perdimos algo de tiempo en el tráfico de Katmandú. Una vez estaba todo cargado volvió a empezar la odisea de atravesar carreteras completamente agrietadas por el terremoto durante cerca de dos horas. En un momento dado tuvimos que esperar quietos 30 minutos porque estaban trabajando para retirar arena y escombros de la carretera de un deslizamiento de tierra de la montaña. Aquí hay pequeños temblores a diario, que con el viento y las lluvias que van llegando hacen que esos deslizamientos sean relativamente frecuentes.

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En honor a nuestros compis de Repsol 😉

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Cuando llegamos a Okharpawa aparcamos el camión y vimos el panorama. La situación era algo distinta a Thansing, ya que aunque este lugar era más remoto, las casas y los pequeños huertos no estaban tan juntos unos de otros. En el caso de la aldea de hoy, todo estaba mucho más apiñado, y eso hizo que la devastación y la pérdida de las cosechas fuera mucho más dura. Se encuentra situada entre Nuwakot y Gorkha, dos de los distritos más afectados por el terremoto. Por suerte para ellos el acceso a la ciudad no es tan complicado, pero por ahora la ayuda que les ha llegado ha sido completamente insuficiente.

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El reparto siguió el mismo esquema que el otro día: las distintas familias del pueblo se apuntaban en una lista, un contacto local iba llamando por nombre y recogían su paquete de comida. Al ser menos familias fue más dinámico, lo que nos dejó tiempo para conocer en más profundidad su aldea y como aun sufrían los efectos del terremoto.

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Habían construido pequeños refugios aprovechando las ruinas de la casa poniendo paneles metálicos en muros medio derruidos, todo amarrado con cuerda y apuntalado con troncos de bambú. Nuestra primera sensación al entrar era de inseguridad, y cuando recordamos el deslizamiento de tierra que habíamos visto apenas hacía una hora solo nos preguntábamos que deparan los próximos meses para los habitantes de un refugio tan precario.

También pudimos ver a un hombre cavando horizontalmente en la ladera, sacando algo con aspecto de tierra húmeda. Cuando preguntamos de qué se trataba, nos explicaron que era el fertilizante, que había quedado sepultado tras el terremoto y que era fundamental recuperar para que prosperase lo que les quedaba de cosechas.

Como viene siendo costumbre en cada lugar que vamos, se empeñaron en que debíamos tomar al menos una taza de té. Dimos los dos sorbos de rigor, mientras recibíamos sus agradecimientos y les repetíamos una y mil veces que se los haríamos llegar a la gente que había donado el dinero, porque son quienes habían hecho posible todo aquello. Les interesó saber mucho que la mayoría de la ayuda que traíamos venía de España. Quizás sea más correcto decir que les sorprendió. Es de imaginar que hasta este día para ellos España era un lugar desconocido, en algún punto del mapa del mundo, pero que nunca había tenido incidencia alguna en su vida y de repente les ayudaba en un momento de máxima necesidad. Es seguro que a partir de ahora sus sentimientos por ese pequeño país lejano y sus habitantes sean muy distintos.

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Nos despedimos todos sonriendo y nos subimos a la parte trasera de la camioneta. Mientras que en la ida nos habíamos sentado en los sacos de arroz y agarrado a los laterales para no caer por culpa de los baches del camino, ahora sentarse en el suelo metálico de la camioneta parecía asegurar algún golpe peligroso. El hombre del orfanato nos indicó que mejor fuéramos de pie, agarrados a un metal que sobresalía de la parte de arriba de camioneta. Vistas las circunstancias tenía razón, pero eso no quita que de pie, por muy agarrado que vayas, sobre una camioneta en un camino que son todo socavones y baches, el viaje sea muy largo.

Tras algún susto y cubiertos de polvo y suciedad por la ida y vuelta en la camioneta, llegamos a Katmandú. Aún quedaba algo de tarde, pero como siempre, esto es un no parar, y tuvimos que revisar cuentas, recopilar fotos, escribir el blog…

Un fuerte abrazo.

Día D: Parte 2

Hola a todos,

La última vez lo dejamos con el camión cargado y empezando el camino en moto hacia Nuwakot.

Aunque ya más o menos conocíamos el camino de la primera vez que fuimos, íbamos siguiendo a Sabin y Manuka que iban en su moto siempre unos metros por delante. La verdad es que después del susto de la mañana íbamos con un punto de miedo, y con los dolores de la caída el viaje se hizo más duro que la primera vez.

Mientras pasábamos los pueblos del camino nos invadía la reflexión de por qué a un pueblo sí pero a otro no. La respuesta racional es simple: resulta imposible ayudar a todo el mundo, y los pueblos más cerca de la carretera principal tendrán más fácil el acceso a ayudas de ONGs y el poco apoyo que llegue del gobierno. Es decir, la situación de las aldeas con acceso complicado es mucho más precaria, especialmente ahora que llegan las lluvias. Aun así, cuando escapas del plano racional se te rompe el corazón.

Llegamos a Thansing a poco antes de las 4 de la tarde, antes que el camión, que tuvo que parar a repostar antes de salir de Katmandú. Lo que nos encontramos nos impactó, que no sorprendió, bastante, ya que en un pequeño descampado en lo alto de la montaña había un grupo importante de gente esperándonos. Ya imaginábamos que podía ser así, pero llegar allí bajo la mirada de tanta gente fue algo nuevo para los dos.

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Según nos comentaron por teléfono, al camión aun le faltaban unos 40 minutos, así que aprovechamos ese tiempo para hablar con nuestro contacto local sobre cómo se iba a hacer el reparto. Este tema nos preocupaba bastante, ya que queríamos que se repartiese de forma equitativa, pero valorando bien quien podía tener más necesidades que otros. Fue una agradable sorpresa cuando nos mostró un cuaderno donde se habían ido apuntando los nombres de las familias de la aldea. Y dentro del listado ya se había diferenciado a aquellos afectados que además de los alimentos se llevarían lonas para refugios.

En realidad concretaron lo que habían sido exactamente nuestra instrucciones: que todos los necesitados recibiesen, pero que se tuviese en cuenta las circunstancias personales. Ahora venía lo complicado, que con ese sistema de reparto la gente no iniciara discusiones o trifulcas.

Con el aspecto del reparto aparentemente solucionado intentamos hablar algo con la gente local, siempre con Sabin y Manuka de traductores, ya que entre aquellos el conocimiento del inglés es nulo. Nos enseñaron el terreno que se estaba nivelando para la construcción de la escuela y les preguntamos por dimensiones y otros aspectos. También intentamos relacionarnos con los pequeños de la aldea, ya que nos miraban con cara de curiosidad al principio, y timidez cuando les devolvíamos la mirada.

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Finalmente llegó el camión con la “madre” del orfanato de Dapashi en el asiento del copiloto, muy sonriente de ver a su gente feliz por la llegada de ayuda. Se bajó y en seguida nos dio un abrazo mientras decía “very happy, very happy”.

Pasaron unos minutos hasta que empezamos a repartir la ayuda en los que la “madre”, Sabin, nuestro contacto local y nosotros nos poníamos de acuerdo en cómo hacer las cosas. Con los apuntados al listado había un pequeño excedente que podía beneficiar a 4 o 5 familias extra, y se trataba de ver cómo se hacía.

El paquete se basaba en una lona para refugio, una bolsa con 15 kilos de arroz y un paquete de sal. Puede parecer modesto, humilde, pero es suficiente para facilitar la vida a la gente de aquí en época de escasez y con las lluvias llegando. Ninguno va a pasar unos meses sin dificultades, pero hemos logrado aliviar en parte su situación.

Bajamos el cierre trasero del camión y se subieron un par de personas del pueblo y nuestro contacto de allí. Él gritaría el nombre de la familia, los otros dos nos acercarían las cosas y nosotros, desde abajo, nos asegurábamos que se entregasen a la persona correcta mediante una comprobación visual con la “madre”. Tanta parafernalia resultó ser innecesaria a los cinco minutos, absolutamente nadie intentó llevarse la parte de otro.

Así que empezamos a descargar lo primero los materiales para la construcción de la escuela. Eran 90 paneles metálicos, pero con la cantidad de voluntarios espontáneos que surgieron, bajarlos del camión fue cosa de minutos.

Después de eso comenzamos a repartir, saco a saco, lona a lona. La gente antes de cogerlo nos miraba, se llevaba las manos a la cara en figura de oración y nos decía “Thank you”, “Namaste”, o simplemente nos miraba. Así que nos toca hacer lo propio con vosotros: Thank you, Namaste, y por supuesto mil veces gracias.

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La gente iba y venía, aparecían y desparecían entre las cuestas que forman la pequeña aldea. Los locales quisieron compartir una parte con algunas casas vecinas que se encuentran en el pequeño camino que da acceso al pueblo, así que aunque algunas personas tuvieron que cargar la bolsa unos metros más de lo deseado, todos estaban contentos.

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Nuestros miedos hacia muestras de desacuerdo o enfado por no ser suficiente se iban evaporando. Una persona en un momento dado se dirigió con la voz levantada hacia nuestro contacto local, pero no se le vio muestra de desagradecimiento o ira, simplemente destacar que con lo que había perdido merecía más. Son escenas complicadas, pero hay que seguir con el proyecto tal y como lo planeamos, ya que era lo más justo para el colectivo. Aun con todo ello, pasaron por allí 120 familias que volvieron a sus hogares felices y esperanzados, e incluso aquel hombre nos dio su agradecimiento por la ayuda recibida. Muchos nos dijeron lo mismo, que en su pequeña y alejada aldea nadie pasa nunca, nadie se preocupa nunca, y que si no esperaban ninguna ayuda, recibirla de esa forma y desde tan lejos tenía que ser un auténtico milagro.

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El reparto duro un tiempo, y empezamos a ver que anochecería en el camino de vuelta. Otra dificultad que nos lanzaba el día, pero estábamos preparados después de recargar energía con lo vivido. Antes de marcharnos nos obligaron a tomar un té con ellos, a pesar de que les dijimos que muchas gracias pero que no era necesario. No es una exageración, a pesar de insistir que muchas gracias pero que no queríamos té en cuanto nos despistamos aparecieron con varias tazas y nos pusieron una en la mano. Con mucho agradecimiento lo tomamos, aunque el agradecimiento no hizo que tuviera mejor sabor, lo bebimos contentos.

Antes de marcharnos, ya empezaron a preguntarnos cómo podían agradecernos aquello. Lo primero, les dijimos que debían agradecérselo a la gente que nos había ayudado a hacerlo posible, ya que nosotros solos no habríamos conseguido nada. En segundo lugar les pedimos que siguieran siendo el ejemplo de comunidad que habíamos visto en nuestro tiempo allí. Que fueran fuertes, y que aprovechasen la escuela. Esto último era completamente innecesario, resultaba evidente que estaban concienciados de que el futuro de sus hijos pasa por la educación a la que ellos no tuvieron acceso.

Nos despedimos de todos y empezamos el camino de vuelta, doloridos pero felices, en una carretera que es un camino de piedras. El trayecto fue más largo de lo habitual por ir a oscuras, más duro de lo habitual por el choque casi imprevisto que era cada piedra grande del camino, más peligroso de lo habitual. Como siempre, ayudó muchísimo que Sabin y Manuka fueran justo delante nuestro, abriendo camino y pitando en las curvas de la carretera de la montaña para avisar a posibles vehículos en dirección contraria.

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Llegamos a Katmandú ya en noche cerrada y cenamos algo todos en uno de los pocos sitios que quedaban abiertos. Fue una gran cena entre amigos felices de haber hecho algo que sentían especial. Nos separamos después de eso y dimos por cerrado el día más importante desde que llegamos aquí.

Nos gustaría decir que lo aquí escrito apenas empieza a describir lo que fue aquella tarde. Aun así, esperamos que con estas líneas os hayáis sentido partícipes en la parte que os corresponde, que es muchísima a cada uno, de lo que ha sido poder ayudar a una aldea de gente sencilla, modesta, humilde, pero muy ricos de corazón.

Un fuerte abrazo.

P.D. Gracias a que las donaciones han seguido esta última semana, hemos podido plantearnos otro proyecto similar a este, aunque de dimensiones más reducidas. Iremos a otra aldea en situación de necesidad para ayudarles en lo que podamos. Como siempre, os contaremos en detalle por aquí. Muchas gracias a todos.

Día D: parte 1

Hola a todos,

Hoy ha sido el día grande, cuando había que llevar todo el material a la aldea de Thansing (5) en Nuwakot. Era fundamental que todo fuera según lo previsto. O no.

Porque tener un accidente de moto, pasar a vacunarte del tétanos, que el proveedor de lonas se retrase 6 horas, y que el camino de cabras esté aún más impracticable, no tienen por qué frustrar un día tan grande como hoy.

Desde el principio. A las 7:30 recibimos una llamada de Manuka, avisando de que el transporte para llevar las cosas a la aldea ya estaba cargado y listo para salir. Es una de las cosas bonitas de Nepal, se avisa de que las lonas no estarían listas hasta las 9:30 pero a las 8:00 están listos para salir. Les decimos que hasta que no tengamos las lonas para los refugios no podemos salir, así que tendrán que esperarnos. Por suerte el transporte lo ponía un habitante de Katmandú que era de esa aldea tras acordar con él un precio casi simbólico (no llegó ni a cubrir la gasolina).

Nos encontramos con Anish, que intermedió para lograr las lonas a un precio mucho más barato que el de venta en tiendas, alquilamos una moto y salimos dirección al almacén de las lonas.

Una vez más, la belleza de Nepal. Pese a que el mayorista prometió que a las 9:30 todo estaría listo, al llegar al almacén nos comenta que están en las naves donde se descargan los camiones que han llegado de la India con las lonas (nota de interés, medio país necesita lonas para resguardarse en esta época, pero el gobierno pone aranceles a las importaciones de La India de las lonas que usan en todo Nepal). En ese momento decidimos con Anish que el iría a donde estaba el camión para meter prisa y nosotros al orfanato donde nos esperaban para salir para que pedirles que esperasen un poco más.

En la moto camino al orfanato nos llegó el primer obstáculo serio: un coche giró, de la nada, por supuesto que sin señalizar y atravesando la calle. En ese momento intentamos frenar pero aquí las carreteras están rotas, tienen arena… Derrape y AL SUELO. Caímos hacia nuestra derecha, con bastante fuerza.

La gente en la calle nos ayudó a levantarnos, a levantar la moto, a apartarla… A los dos nos dolía todo, y había algunos raspones con sangre. Y entre murmullos en nepalí con alguna palabra de inglés mal pronunciada encontramos a un señor occidental en una bicicleta que nos decía que le siguiésemos a una clínica donde estaba haciendo tratamiento y que estaba a menos de 5 minutos.

En aquel momento la idea de una clínica era todo en lo que podíamos pensar, así que le seguimos en la moto, Jaime maldiciéndose a sí mismo porque conducía él. Daba igual que el coche se hubiese cruzado de la nada, estamos en Katmandú y esas maniobras son cosas del día a día.

Llegados al lugar, nuestro guía se presenta como Mark, canadiense que está haciendo un tratamiento de ayuno en una clínica Nepalí-Alemana. Llamó a un doctor y muy amablemente nos desinfectó las heridas. Natalia tenía la rodilla, tobillo y mano derecha tocadas. Parecía especialmente preocupante la rodilla.

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Por el otro lado, Jaime tenía una herida bastante fea en el antebrazo derecho y dolor en ese mismo hombro. En general, no salimos muy mal parados, pero un pensamiento negativo nos vino a la cabeza: la inyección del tétanos.

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Jaime vino sin vacunarse de tétanos, el error se le puede achacar a él o a la médico del servicio de vacunas de la comunidad de Madrid, a quien se le dieron todos los detalles del viaje y no prescribió esa vacuna.

Preguntamos al doctor si tendríamos que vacunarnos y nos respondió que los cortes no eran muy profundos, pero que siempre era buena idea. De hecho, cuando Natalia dijo que ella se había vacunado en 2010, insistió en que para estar segura debería ponerse la inyección “TT” (así la llaman aquí para este tipo de accidentes, al parecer muy comunes). Lo de Jaime estaba claro, tenía que vacunarse, pero la vacuna del 2010 de Natalia en teoría duraba 10 años así que el hecho de que le insistieran para que se volviera a poner otra no nos acababa de convencer. Eran las 8 de la mañana en Madrid… por suerte nuestra amiga Laura nos cogió el teléfono y nos aseguró que se lo preguntaría a Javier, el jefe de servicios médicos de Repsol, en cuanto llegara a la oficina. Eficiencia pura, en unos minutos ya nos confirmó que era mejor ponérsela (¡gracias Lau!).

En ese momento se nos cayó el mundo, ir a un hospital a ponerse una vacuna parecía algo que tardaría mucho tiempo, y con el estado físico en que nos veíamos no sabíamos si era factible subir a la aldea (unas dos horas y pico en moto atravesando montañas por caminos de cabras, barrizales y riachuelos, y subiendo luego un rato a pie requiere bastante esfuerzo). Pero el transporte ya estaba listo… Mil combinaciones se nos pasaron por la cabeza, pedir a Manuka y Sabin que subieran por nosotros y se aseguraran de que todo salía bien parecía la más sensata.

Justo entonces llegaron los propios Sabin y Manuka, a quienes habíamos llamado por teléfono. Tras explicarles la situación y que queríamos que subiesen ellos a la aldea, decidimos que iríamos al orfanato para poder pagar el transporte y las lonas y después ya veríamos como buscábamos un lugar donde vacunarnos.

Para que el viaje fuera más seguro, Sabin llevó a Natalia, mientras que Manuka fue en la moto con Jaime. Pensamos que si Jaime hacía otra de las suyas Manuka podría reaccionar saltando de la moto.

Sabin guiaba y Jaime le seguía. De camino al hospital Sabin hizo un giro a izquierdas inesperado, al Grande Hospital de Katmandú. Jaime le siguió algo extrañado, pero suponiendo que iban a preguntar alguna cosa antes de ir al orfanato, que apenas estaba a 300 metros de allí. Según dejamos las motos y bajamos Natalia dice “Según Sabin la vacuna es una cosa rápida y barata, nos la ponemos en un minuto y así nos da tiempo a subir a la aldea”. Esta chica es de hierro o está loca, decían, se deja a discreción del lector.

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Pero en ese momento llamamos a Anish, y nos enteramos de que aun no han salido con las lonas del almacén… Pues venga, nos vacunamos y salimos para allá. Fue todo un visto y no visto, y para eso ayudó que al entrar nos equivocamos de puerta y fuimos escoltados a la puerta que sí era por un guardia de seguridad. En realidad fue surrealista, ya que si ya destacamos por ser de los pocos occidentales que hay aquí, ir siguiendo al guardia de seguridad por los pasillos del hospital hizo que nos observara todo el mundo.

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Sabin tenía razón en que era algo estándar (según nos contó más adelante, en el último año se ha puesto esa inyección tres veces por caídas en la moto), y en menos de 20 minutos ya estábamos pinchados y habíamos pasado por caja. Tenemos que dar gracias de que era algo básico y podíamos permitirnos ir a un hospital privado, ya que la experiencia en los públicos es muy distinta. Fueron aproximadamente 8,50 euros las dos vacunas y aprovechamos para decir que lo pagamos de nuestro bolsillo, aquí las tonterías se las paga uno.

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Salimos del hospital y directos para el orfanato en menos de dos minutos. La verdad, de no haber sido por la proximidad del hospital es posible que nos hubiésemos ceñido al plan original de no subir a la aldea, ya que existe un límite de 6 horas para ponerse esa inyección.

Y como seguimos en Nepal, al llegar al orfanato las lonas no habían llegado, aun tardaron otros 15 minutos. Después de eso hicimos bromas con todos los que estaban ahí sobre lo bien que nos había venido caernos, ya que de lo contrario nos habríamos aburrido muchísimo esperando las lonas sin nada que hacer.

En este punto nos gustaría recordar nuestro cargamento: 1.800kg de arroz, 120 paquetes de sal, 75 lonas para construir refugios, además de 90 paneles metálicos, 4kg de clavos y alambre metálico para la construcción de la escuela.

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Con todo eso cargado, empezamos el camino a Nuwakot, en moto, que no se diga que aprendemos de nuestros errores.

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Aunque eso ya lo dejamos para la segunda parte, que escribiremos mañana sin falta. Han sido demasiadas cosas en un solo día y no queremos cansaros. Pero de lo que no nos cansamos nosotros es de daros las gracias a TODOS los que habéis hecho esto posible, tanto este proyecto como el de ayuda a los orfanatos. Ya sea contribuyendo desde el principio, a medida que íbamos avanzando o ese empujón final que nos llegó, a todos os estamos inmensamente agradecidos y esperamos que sintáis que esto lo habéis conseguido vosotros, porque así ha sido. Mañana toca hacer cuentas, si aún quedan fondos tenemos proyectos inmediatos a los que destinarlos, aquí hace falta ayuda por todos lados. Ya no podemos seguir pidiendo donaciones, únicamente decir que si alguien quiere hacerlo o lo acaba de hacer puede estar seguro de que lo utilizaremos bien, en algo que se necesite de verdad, como hasta ahora, y os lo mostraremos estos últimos días.

Un fuerte abrazo.

Todo en contra: enfermedad, problemas logísticos y monzón

Hola a todos,

Hoy era el día en que teníamos que subir parte de los materiales desde Katmandú hasta la aldea de Nuwakot, pero una serie de temas logísticos han hecho que se posponga hasta mañana.

A las 9 de la mañana nos reunimos con Anish, Sabin y Manuka para ir al mayorista de paneles metálicos, donde queríamos comprar, además de clavos y alambre metálico, 10 bloques de 9 paneles de calidad suficiente para la escuela que vamos a construir en la aldea. Aunque no deja de ser una escuela temporal, tendrá que servir durante más de un año, y después de eso la gente podrá usar la construcción o los materiales para otras funciones diversas (reforzar viviendas, edificios para el ganado que les queda, etc).

Se trataba de, una vez comprados los paneles, comprar los alimentos y subir ambas cosas a la aldea. Las lonas para los refugios no iban a estar listas hasta el martes por la mañana, pero decidimos que valía la pena subir paneles y alimentos el lunes y ya el martes las lonas, pensando que así podrían ir empezando a construir con los materiales que llevábamos. El primer problema lo encontramos en la cantidad de tiempo que perdimos solo en el mayorista de paneles (más de 2 horas).

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Justo en ese rato, un hombre original de la aldea donde estamos ayudando se ofreció a llevar los materiales en su vehículo de transporte por la mitad del precio que nos estaba ofreciendo cualquier transportista de la zona, siempre y cuando fuera el martes.

Así que nos vimos en la situación de tener que elegir entre pagar dos transportes (uno de ellos mucho más caro), o pagar solo uno a mitad de precio el día siguiente. La ventaja de los dos transportes era que tendrían los materiales para el colegio un día antes. Pero en ese momento, Anish y Sabin, ambos con experiencia en este tipo de proyectos, nos comentaron que las primeras fases de la construcción serían la base, preparar el bambú, etc, actividades que no exigían el material que teníamos con nosotros.

Total, con la anterior observación, y para estirar los fondos disponibles, decidimos llevar todo el martes en el transporte más económico. Así que fuimos a almacenar durante un día los paneles en el orfanato de Dapashi e ir a comprar el arroz.

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Menos mal que decidimos ir el martes, ya que subestimamos lo que podía ser en el plano logístico para un comerciante en Katmandú preparar los 1.800 kg de arroz y 120 paquetes de sal que vamos a llevar. Desde la compra hasta la preparación y entrega del arroz fueron otras dos horas. No solo eso, sino que la entrega por el comerciante es en bolsas de 30kg, y decidimos que lo dividiríamos en bolsas de 15kg por paquete a entregar, así que teníamos que dividir nosotros (con la ayuda de la gente del orfanato y algún vecino) el arroz. La realidad es que, de haber decidido ir el lunes, habríamos llegado a la aldea bastante tarde y con pocas horas de luz restantes.

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Todo esto dio lugar a un momento muy agradable, ya que sin esperarlo nos encontramos con un rato para jugar con los niños del orfanato. Nos enseñaron la versión que tienen ahí del parchís (hay matices a la nuestra, sales de casa con un uno en vez de un cinco, al comerte a alguien o al llevar una ficha al final no te cuentas nada) y un juego de destreza en el que hay que tirar una piedra al aire, recoger otras del suelo mientras vuela, y después agarrar en la mano llena de piedras la que está cayendo. Se nos dio mejor el parchís. Para llevarlos a nuestro terreno les enseñamos a jugar al “calienta manos” y les emocionó tanto que vemos riesgo de futuros conflictos.

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Por si tenéis curiosidad, el motivo por el que a la aldea llevamos casi exclusivamente arroz es porque ahí cultivan (sobre todo maíz), y en época de escasez tener arroz para mezclar con los cultivos restantes asegura su manutención. Anish, que es original de una aldea de montaña, nos estuvo explicando que llevar cosas como lentejas no valía la pena.

Así que mañana hemos quedado a las 9 para ir a por las lonas, ir al orfanato, subir todo en una camioneta e ir a la aldea. Será un viaje largo y fatigoso, y después habrá que repartir todo entre la población y ayudar en la construcción de la escuela, volviendo con las últimas horas de luz del día. Pero esperamos que sea útil para la gente que nos espera.

La nota negativa es que inesperadamente ha empezado a caer el diluvio universal, llueve tanto que ya estamos viendo a un nepalí subir parejas de animales en una barca (chiste de Jaime, se ha empeñado), y con lo precario de la ruta de acceso al pueblo no descartamos que finalmente sea imposible llevar las cosas mañana también. Eso sí, os aseguramos que haremos todo lo posible ¡aunque tengamos todo en contra!

Un fuerte abrazo.

KO antes de los momentos decisivos, pero hay que recuperarse

Hola a todos,

Ayer los dos nos levantamos “tocados”, Jaime especialmente mal. Gastroenteritis y parece que algo de fiebre. Eso ha limitado bastante el día pero aun así logramos hacer cosas que eran necesarias de cara al día de hoy, uno de los días más importantes.

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Hoy (todavía son las 8 de la mañana) subiremos a la aldea los materiales para construir la escuela temporal, así como la ayuda en comida que hemos considerado que podemos permitirnos con las donaciones recibidas. Como ya os dijimos, parece que se llegará pero vamos algo justos. Si tenéis algún conocido que estaba dudando en si donar algo, en qué se va a utilizar y si aun está a tiempo, este es el momento para animarle. Desde aquí os lo agradeceríamos mucho.

Aun con el malestar que teníamos, logramos reunirnos con Manuka (de Voluntarios en el mundo) y Sabin para comentar algunos flecos del día de hoy. Nos hacen de enlace/traducción con los habitantes de la aldea, ya que hasta donde sabemos, solo uno tiene teléfono, y absolutamente ninguno habla inglés como para comunicarse.

Tratamos las dimensiones de los tejados de hojalata, algunos materiales de los que no disponen, y sobre todo el calendario. Queremos que los habitantes se involucren en la construcción y así esté acabada en pocos días, antes de que volvamos para España. Hemos insistido en que es fundamental para nosotros que aquellos que habéis donado podáis ver el resultado final, y por suerte nos han asegurado que sí, que habrá tiempo para verla acabada y que los niños puedan empezar las clases cuanto antes.

Después de hablar entre los cuatro sobre todos esos detalles, Jaime subió a descansar un poco, ya que daba mucha pena verle. Natalia aprovechó para visitar un hospital de Katmandú, ya que aunque solo vamos a poder ayudar a los dos orfanatos y la aldea, buscamos constantemente proyectos humanitarios para ayudas futuras.

El Bir Hospital de Katmandu es un hospital del estado que se colapsó tras el terremoto. No daban a basto con las camillas, no había espacio suficiente a pesar de sus 3 edificios y 6 plantas, y no había personal suficiente para atender a todos los heridos. Queríamos ver en qué estado se encontraba ahora. Es un hospital bastante viejo y descuidado en el que sólo encontré una persona que hablara algo de inglés y sólo alcanzó a decirme que ya están mucho mejor. Aún así a día de hoy todavía ocupan 3 plantas enteras del hospital con todas las camillas por medio. Lo que más me llamó la atención fue que los pacientes estaban o solos o atendidos por sus familiares o conocidos, no vi apenas interacción entre un médico/enfermera y ellos. Los profesionales sanitarios estaban todos juntos riendo y hablando, mientras los familiares daban de comer o abanicaban (ahuyentando las moscas) a los pacientes. Esto ocurrió en las 3 plantas. Se veía todo tipo de lesiones, sobretodo fracturas y quemaduras. Al ser un hospital del estado no es posible ayudarles pero nos han hablado de otros hospitales donde escasean los materiales básicos y necesitan donaciones. En cuanto tengamos un rato iremos a verlos.

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Por la tarde nos encontrábamos un poco mejor, aunque no nos habría importado quedarnos e intentar recuperar para hoy, pero habíamos quedado en llevar a Dawa un par de lonas. Para los que no lo recordéis, Dawa trabajaba en un centro de atención para niños discapacitados. Debido a que volverán pronto, el otro día nos llamó para pedirnos un par de lonas. Cuando le preguntamos por qué nos explicó que él tenía que volver a vivir en la casa, y después del temblor del otro día (4,4 de intensidad), no era seguro dormir dentro. Además, los niños volvían ahora (normalmente las vacaciones coinciden con el monzón, pero el terremoto cambió los planes), y para que puedan estar fuera necesitaban las lonas. Era una petición humilde (dos lonas apenas cuestan) y decidimos que por supuesto que la atenderíamos.

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Tras ayudar a montar una de ellas (con mucho sufrimiento por nuestro estado), nos retiramos a descansar, aunque las constantes llamadas con Anish, Manuka y Sabin para coordinar todo mañana hacen que el reposo se posponga. La idea era recuperar para hoy poder estar al 100% en un día importantísimo para el proyecto. Nos hemos despertado así así… pero con muchísimas ganas. ¡Os contaremos qué tal va!

Un fuerte abrazo.